
Buscar hacer del ruido algo discreto, las ratas. Quieren enterarte, como si fueran fantasmas, pero no quieren ser atrapadas. Eso les implica la muerte.
Ruidajos, de aquí hacia allá, en medio de la noche. Abrir con los dientes roedores, rabiosos, punzantes, las bolsas de pan.
Cuando enfurecen, y lo hacen mucho, los chillidos inaguantables. Como si gritaran de sus hocicos flemonosos las ánimas de algunos niños muertos.
Hay una extraña correlación entre las ratas y las termitas, como si ambas destruyeran la madera de la misma forma. En realidad, no sé cuál es.
La rata medieval, emisaria probable de los infiernos, dista mucho de ser la citadina contemporánea. Esta ya es, más bien, producto de las mutaciones químicas. La otra enviaba recados pandémicos de la moralidad.
Toda rata pareciera un criminal probable que ataca sin misericordia.
Agentes bacteriológicos. Esos que te dejan los pulmones verdes, alzan la temperatura a grados improbables y alucinan tu muerte. Las ratas como focos de infección.
Música-rata. Ruido-rata.
Ratas disecadas, con guantes de box. Como de una feria decimonónica en Misuri. Pequeñitos guantes de box.
Las malditas ratas. Esas que escuchas en las noches. Que se roban las galletas. Que se comen la madera. Y el pan.
Que chillan.
8








