Morgan Packard: deseos comunitarios

Angustiado por las posibilidades de la música electrónica por ahí del 2008, decidí por dejarla de lado (un poco) y adentrarme en otras oscuridades: discografías perdidas de décadas añejas, que se acercaban más a la pesadilla perpetua de Phil Spector que a las jutsicias digitales de los mejores años de Warp. Flying Lotus me parecía indefendible y los bajos comenzaban a ser imperio.

Así sucedían los días, de los cuales aprendí mucho, sin fe alguna en las nuevas políticas del ritmo y en sus posibilidades de sorpresa. Fue hasta que me topé con un tal Morgan Packard, recomendado de algún lado, que encontré algo de calma; si bien no tratábamos con un genio extraordinario, sí encontrábamos en sus piezas un bastión de extraordinaria manufactura, discos redondos, bien estructurados, en donde el placer de escuchar se agradece por sobre las pretensiones de innovación.

Lanzaba poco a la luz (para ese entonces contaba únicamente con dos discos: Early Morning Migration y el excelente Airships Fill The Sky) y su página de internet lo mostraba como un tipo afable y muy accesible, dedicado fundamentalmente a los asuntos de la programación digital. Su estética, en todos los sentidos, sentaba bien a la que parecía la persona: era sencilla, inteligente, muy grata a la vista y al oído, rica en contenido y directa al grano.

Moment Again, Elsewhere (2010) apareció entonces, y referencias maravillosas a mis alturas máximas de la electrónica se hicieron evidentes: por aquí un poco de Shuttle358, de Raster-Noton, del Plastikman más amable, de To Rococo Rot y otras joyas de Staubgold. Así decidí contactarlo, comenzaron los contactos y llegamos al punto de entrevista.

Morgan es un tipo que cuida mucho sus palabras. Parece tropezar constantemente, pero en realidad busca evitar caer en lugares y comunes y tonteras.

Bartolomé Delmar: Haces programación.

Morgan Packard: Sï, así gano dinero. Estoy trabajando en Thicket, una aplicación para el iPad y hago cualquier tipo de programaciones para ganarme la vida. De hecho, para mí es muy curioso hablar de música contigo, pues hace bastante tiempo que no me concentro en eso.

BD: ¿Eso se debe al interés personal o a situaciones más prácticas, monetarias?

MP: Son varias cosas; por el momento, siento que no tengo nada qué decir en lo musical. Disfruté mucho hacer mi último disco [Moment Again Elsewhere, 2010], pero hay que hacer las cosas cuando se tiene el ímpetu por hacerlas.

BD: Requiere mucha honestidad, decir eso, y me llena de optimismo. Porque la gente parece hacer música, en la actualidad, con la misma inercia con la que se inunda el internet de imágenes: produce biene culturales sin ninguna reflexión previa, seria, en torno a los medios que está utilizando.

MP: Aunque es distinto si tocas en vivo. El mundo necesita de más conciertos. Pero no es el caso de la música grabada; esa debe de cuidarse mucho más. Me interesa poco lanzar cosas solamente para mantener mi nombre circulando, para mantener una suerte de reputación extraña y enfermiza.

BD: ¿Qué hiciste primero: empezaste programando, o empezaste haciendo música?

MP: Llevo programando un poco más de 8 años. Pero en los ámbitos musicales llevo más de 20 años.

BD: ¿Empezaste, como muchos, en un grupo de punk?

MP: [Risas] Para nada. Fui un poco más “estudioso” que eso: empecé tocando jazz, saxofón, aprendiendo todas las técnicas posibles desde que estaba muy joven. Sé que no es lo más emocionante del mundo decir eso en los mundos en los que me muevo [risas].

BD: ¿Por qué?

MP: No sé cómo llamarle a la “escena” en la que me muevo. Llamémosle techno, o “música hipnótica”: la virtuosidad y la técnica, en esos ámbitos, parecen obstaculizar el sentido de lo que se hace. Aunque eso me gusta, me gusta que la gente que no tenga educación musical alguna pueda operar creando paisajes hermosos por medio de la intuición. Porque tengo amigos músicos, que hacen cosas parecidas a las mías, y comentan mucho que es necesario “desaprender” lo que sabemos para generar un cuerpo de trabajo mucho más interesante y afín a lo de nuestros contemporáneos.

BD: ¿Cuándo empezó tu interés, entonces, por la música electrónica?

MP: Crecí en un pueblo muy chico, rodeado de bosque, a la mitad de New Hampshire. A una hora y media de Boston. La única forma cultural de la que pude agarrarme fue el jazz, y estudié en el Conservatorio por lo mismo. Ahí encontré muchas más posibilidades, porque el jazz estaba completamente institucionalizado y me aburría mucho por eso.

Eran mediados de los noventa, y el drum and bass estaba surgiendo. Por mi propio aislamiento, ahí en medio del bosque, la escena de las fiestas y los raves de la época me llenaron de ilusión. Habían jovenes, interesados en ámbitos que me parecían extraordinariamente raros, pero que llevaba años buscando sin darme cuenta.

BD: ¿Qué empezaste a escuchar entonces?

MP: Empecé por el jazz más tradicional (Coltrane, Davis, Mingus). Cuando vino mi Revolución, me interesé mucho por el drum and bass: Roni Size, el sello Cycle, todo eso. Después, por mis estudios, me encontré flotando en los maravillosos mundos del contrapunto, rodeado de música clásica. Coros del siglo XV, XVI, una cosa fantástica. Y finalmente me topé, en Nueva York, con la escena de la música bailable. Era maravilloso porque lo que había vivido en la universidad se multiplicó en cuanto a fenómeno social: el techno estaba lleno de rituales, de gente interesante, que comenzaron a ser mis influencias. Conocí a mucha gente, me iluminó todo lo que me rodeaba, y comencé a trabajar en mis cosas de manera mucho más personal y comprometida.

BD: Es interesante, porque lo que me cuentas parece haber una relación muy directa entre tus propias creaciones y el contexto social que te rodea.

MP: ¡Claro! La música solamente existe cuando empieza a operar en el mundo. Por eso es interesante, por lo que hace en la gente. El jazz me aburría en sese sentido, no tenía ninguna función social. Se trata del que está tocando los instrumentos, no de la “escena”. Y a mí me gusta muchísimo que la música sea parte de algomás grande y más importante.

BD: ¿Esto puede relacionarse con tu trabajo en programación? Porque, digamos, una aplicación puede llegar a tener un rol social muy interesante… 

MP: Es un problema, de hecho, en el que he pensado. No veo ningún valor comunitario, ni de “escena”, en lo que se hace en programaciones. Probablemente, ésa sea la razón por la que regrese a la música. Es un espacio muy solitario.

Puede haber formas para cambiar eso, para crear algo que genere dinámicas sociales increíbles. Pero lo que hago ahora no tiene mucho de eso; en última instancia, son trabajos de colaboración y eso sucede en sociedad, pues todo lo hago con Joshue Ott. Pero habrá que buscar una salida justamente en ese sentido.

BD: No creo que muchos programadores de este tipo de cosas hayan pensado en eso. Sería interesante: aunque no tenga tanto componente social como lo puede tener lo musical, crear productos que sirvan para la relación comunitaria sería extraordinario. Como Skype, pero en vez de que sean vías de comunicación, que los sean de creación.

MP: Estoy de acuerdo, pero me genera conflicto lo que dices. Porque la idea de generar “comunidad” a través de plataformas tecnológicas… a veces me suena a una tomada de pelo. Hay una aplicación que sirve, por ejemplo, para que personas que no se conocen toquen música juntos. Y la idea, en principio, es intrigante, pero no creo que vaya más allá de la novedad divertida y se quede en el olvido. Como Chatroulette, que se olvidó rápidamente.

BD: Claro, pero es parte de la red: promete siempre más de lo que da. Regresando a lo musical: ¿cómo trabajas? 

MP: Tardo mucho tiempo en programar las plataformas en las que voy a trabajar. En realidad, ahí se encuentra la mayor parte de mi cuerpo de trabajo; ir armando los cimientos, desde cero, para después agregar los sonidos, los ritmos, etcétera. Como proceso, me resulta extraordinariamente enriquecedor, porque uno decide no solo qué es lo que se va a componer, sino en qué contexto tecnológico.

Pero no hay que pensarlo como un trabajo metódico y frío: concebir cómo es que las cosas pueden llegar a sonar, generar esas herramientas, resulta ser un ejercicio de imaginación mucho más compejo y disfrutable que lo que suena en sí mismo… Imaginemos que alguien hace música con una guitarra: en mi manera de trabajo, la pregunta inicial sería cómo es que se puede tocar esa guitarra. Es muy hermoso.

BD: Es una estructura metodológica, entonces. 

MP: Claro. Las piezas, en sí, se componen solas entonces. Casi.

BD: ¿Y qué podemos esperar de Morgan Packard en el futuro próximo?

MP: En lo musical, no lo sé. Pero sacamos ya la última versión de la aplicación Thicket. Son una serie de composiciones interactivas, en donde la relación con el usuario es la que genera todo el sonido.

Pueden conseguirla aquí. 

morganpackard.com