Mario De Vega: Dislocaciones rudimentarias

Mario De Vega
Dislocaciones rudimentarias
Por Alejandro González Castillo

El ponche que calienta mi garganta es lo más dócil que he tragado a lo largo de los días en que he asistido al festival Visiones Sonoras, en Morelia, donde sólo se mastican sonidos agrestes por oídos con dentaduras firmes. Jarro de barro entre manos, me acerco al tipo que provocó mis oídos hace unos días y le extiendo mi mano. Su nombre: Mario de Vega. ¿Su ocupación? Difícil definirla. Sé que vive en Berlín y que últimamente se encerró con unos cuantos para enseñarles a construir amplificadores, bobinas y transductores; también estoy al tanto de que algunos lo llaman artista sonoro, otros investigador y, unos más, tecnólogo; pero en realidad conozco muy poco de él y de todo lo que me rodea en el festival -tomando en cuenta que quienes me acompañan portan orgullosos camisetas que rezan “sex, drugs and academic electroacoustic music”- pero hubo algo en una pieza que Mario ejecutó días atrás, Solo para cinta y electrónica, que me hizo despegarme ligeramente del suelo mientras una punzada tensaba mi espalda. ¿A qué sonaba aquello? No sé explicarlo con exactitud. Aunque el autor tampoco puede precisarlo y por ello arroja una pregunta olorosa a reclamo: “¿por qué no aceptar que existen cosas que no pueden ser definidas? La realidad es que el lenguaje verbal está muy limitado. Mi sonido es el resultado de ciertos procesos, eso lo tengo claro. Pero no se me ocurre un nombre para englobarlo. Sé que no puede ser contextualizado musicalmente, aunque la paradoja es que termina en ese lugar porque utilizo el sonido como medio”.

 

Durante el concierto que ofreciste no ocupaste el escenario del foro; en cambio, instalaste una mesa con tus herramientas al nivel de las butacas y le diste la espalda al público, ¿por qué?
Bueno, es que no me gusta subirme a un escenario, prefiero estar en medio de la gente para escuchar en su totalidad las condiciones sonoras del foro en el cual toco. Es más interesante escuchar lo que ocurre afuera, lo que reciben los oídos de la gente, porque eso jamás es igual a lo que sale de los monitores.

¿Y qué clase de juguetes manipulabas en esa mesa?
Básicamente cargo con una caja donde porto distintos aparatos cuya configuración se modifica en cada concierto. Esta vez usé un mixer, dos osciladores y otros instrumentos que yo mismo he construido. Aunque lo que más me ha funcionado últimamente es echar mano de un reproductor de DVD´s que uso para disparar algunas pistas que traigo desde mi estudio. De alguna manera es algo rudimentario, ¿no? Nada sofisticado.
Disecciona los sonidos que generas en esa mesa. ¿Qué es exactamente lo que reproduces en esos DVD´s?
Normalmente traigo entre ocho y diez DVD´s y ninguno de ellos está rotulado, así que no tengo manera de saber qué trae cada cual. Entonces escojo uno al azar, presiono play y comienzo a improvisar. Digamos que tengo ocho “composiciones” en ocho archivos y la suerte decide cuál va a sonar. Eso me gusta, la inestabilidad que genera el desconocimiento parcial de lo que sucederá. Siempre que salgo de casa cargo con una grabadora y hay veces que la activo sin saber a ciencia cierta dónde arranca mi grabación y dónde se detiene. Después, llego al estudio y escucho lo que grabé y con ello construyo diversos segmentos, usando herramientas digitales y analógicas.

¿Lo que presentas en directo son historias?
No pretendo ser narrativo, sino instalar esas piezas en diferentes lugares y entonces sí llegar a alguna parte. Porque cada sala donde me presento cuenta con sus propias cualidades en términos de resonancia, y cada escucha posee cualidades distintas de recepción; esos detalles son los que me interesa conocer. De alguna manera todo esto que desarrollo tiene más qué ver con una instalación que con la música.

Respecto a los instrumentos que tú mismo construyes, ¿cómo nacieron? ¿Son hijos bastardos de otros que fueron destruidos?
No me gusta hablar de destrucción, sino de modificación de funciones. En ocasiones sí destruyo, pero regularmente prefiero dislocar el uso de los objetos. Porque tomo cosas que originalmente no se construyeron para producir sonidos, pero terminan generándolos.

¿Es que pretendes fastidiar la cuadratura de ciertos músicos académicos?
Lo que quiero es dislocar ciertos referentes. Siempre he sido un mal estudiante y no poseo una formación académica; primero estudié lingüística -me interesaba la semiótica-, luego me di cuenta de que no era lo que estaba buscando y me metí al campo de la escenografía, donde descubrí que no quería trabajar con un director de teatro. Más tarde me interesé en aprovechar  el sonido de ciertas películas con la ayuda de varias videocaseteras, las cuales igualmente modificaba para usarlas como instrumentos. Luego me pasé a las tornamesas y los samplers y al final a los ordenadores.
Bueno, desde cierta perspectiva estás desordenando ciertas sintaxis sonoras.
Sí. Yo considero que cada uno de mis aparatos es como una palabra. Y con ellos creo diferentes enunciados que a su vez funcionan como juegos semánticos. Y mira, ahora que lo hablamos creo que lo mío es más un asunto semántico que musical.

Te confieso que mirándote de espaldas manipular perillas me pareció que tú trabajo es de lo más divertido.
Claro que es divertido, y de lo más ambiguo también. Porque cuando toco suceden muchas cosas al mismo tiempo, pero no puedo definirlas todas –me interesa abordar la inestabilidad; no quiero controlar al 100% todo lo que ocurre, prefiero interactuar con las máquinas de otra forma-, sin embargo, mis resultados son atractivos en términos de estructura y tiempo. Es algo metafísico y lo inexplicable que resulta lo hace divertido porque, ¿cómo es que algo suena de determinada manera, por qué  a veces piensas que sonará de cierta forma y resulta algo que ni esperabas?

¿No es posible que esa inestabilidad de la que hablas termine convirtiéndose en una fórmula de lo más predecible? Es decir, irremediablemente existen ganchos sonoros de los cuales asirte y éstos finalmente podrían convertirte en un holgazán siempre pendiente de ellos. Después de todo, nadie sabrá a ciencia cierta qué tan hondo estás yendo con tus improvisaciones cada vez que te presentes y qué tanto estés repitiendo patrones.  
Esa es una muy buena pregunta. Para mí, el miedo y la pereza son determinantes en la vida de las personas. Porque llega un momento en tu vida donde obtienes cierta legitimidad por tu trabajo, digamos que de alguna manera puedes repetir eso que ha sido provechoso para ti así, como una fórmula, miles de veces, sin esforzarte jamás por ir a otra parte; y eso se llama pereza. Pero da miedo arriesgarse a moverse, porque de hacerlo quizá ya no existan aplausos. Para mí, la intención de hacer lo que hago es confrontarme en ese sentido. Incluso puedo elegir uno de mis DVD´s y ponerlo desde el minuto quince, o el cuarenta, no lo sé. En mi caso, el resultado siempre será distinto, aunque existan patrones tímbricos inamovibles. Por otro lado, yo preguntaría: ¿es posible no repetirse? Porque los seres humanos repetimos a diario los mismos errores.

Es interesante lo que comentas respecto a los aplausos. Por ejemplo, ¿por qué ejecutaste hace unos días Solo para cinta y electrónica? Y con esto finalizamos la charla: ¿haces todo esto para que alguien te aplauda?
No lo sé. Algunas veces pienso que el aplauso debilita. Considero que es placentero que te halaguen, pero sí sólo recibes eso no hay nada más por descubrir. Cuando empecé, para mí esto era un proceso experimental, porque entonces significaba la exploración de medios que en México no estaban siendo atendidos por la gente que no formaba parte de los círculos académicos. En se sentido, para mí fue determinante el descubrimiento del sonido industrial, el punk y el harcore, porque éstos me invitaron a relacionarme más con la sociedad. Esta pregunta que planteas me hace pensar en muchas cosas. Y no sé qué responder. Sigo sin saber si lo que busco es un aplauso o si sólo pretendo comprender lo que está pasando con mi vida en este preciso momento.

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